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martes, 3 de abril de 2007

Reseña Histórica de la Prostitución en el Perú

Existen informes que afirman que la prostitución existía en el Incanato. Si bien no se tiene claro cuáles fueron los motivos, se supone que las mujeres dedicadas a esto (pamparuna: persona o mujer de plaza, mujer pública) fueron primero sancionadas. Por algún motivo desconocido se les quitó de la distribución de tierras y productos, lo cual las llevó a padecer penurias y no les quedó más que dedicarse a la prostitución para poder sobrevivir.
Lora menciona que Garcilazo de la Vega, en su obra Los Comentarios Reales, refiere también que en el Incanato hubo prostitutas, llamadas “papaganas”, debido a “las migraciones internas obligatorias y a la desigualdad social y de poder que esto generaba”.
Con la conquista, la prostitución se incrementó. Se dieron condiciones por las cuales las mujeres indígenas se involucraron en la prostitución o fueron forzadas a hacerlo. Las mujeres indígenas fueron en muchos casos violadas, y dado que la honra de una mujer radicaba en su actividad sexual, eran sancionadas socialmente. Ya nadie las buscaría para casarse o tener una relación estable, lo cual les permitiría tener acceso a una vida con mayores posibilidades económicas en base a la dependencia de su pareja.
Asimismo, la muerte de hombres indígenas durante la conquista contribuyó más al deterioro de la economía de las mujeres. Pero todo esto se sumó a la gran demanda de los españoles por prostitutas, lo cual se fue incrementado con el crecimiento de las ciudades: “La sociedad colonial trajo la naturaleza urbana de la prostitución”.
En la colonia, el Virrey Toledo establece que la prostitución en Lima se debía circunscribir a la calle Las Barraganas. Incluso por eso se les denominaba con el mismo nombre a quienes se prostituían.
Ya en la República, las mujeres dedicadas a la prostitución se ubicaban en las márgenes del río Rímac, en la calle de los Patos en Callejón Romero. Durante la gestión presidencial de Augusto B. Leguía, las prostitutas se situaban frente al Palacio de Gobierno, por lo cual este presidente pidió que se legislara sobre el tema, y designó a Monseñor Dávalos y Lissón, Obispo de Lima.
Monseñor censó a 120 meretrices y elaboró en 1911 lo que ahora se conoce como “Licencias Especiales”, las cuales han ido teniendo modificaciones a través del tiempo.
En 1910 se dio la primera reglamentación y se observó un incremento notable de la prostitución.
El número de prostitutas mencionado por Dávalos y Lissón, en comparación con otras ciudades de América Latina, era reducido, frente a lo cual Bracamonte lo interpreta como “una cifra conservadora debido a la tardía imposición de la reglamentación que obligaba a estas mujeres a registrarse ante las autoridades a fin de ejercer el oficio de prostitutas.
Consideran que esta actividad se vio afectada por la pobreza como consecuencia de la guerra con Chile, ya que en 1914 -1915, después de la reglamentación, el número de mujeres inscriptas en la actividad prostibularia era de 588, y en una década había aumentado considerablemente.
Además, Lora refiere que en 1925 hubo una atracción por las chilenas, dándose por primera vez el tráfico de mujeres. Se les llamaba “chilenas”, un modo de estigmatizar lo chileno como vergonzoso.
Bracamonte refiere que a inicios del siglo XX Lima tenía tres categorías de prostíbulos: “los de clase ínfima, ubicados en el Callejón de Romero, Colchoneras, Alguacil, Tajamar, Huarapo, Acho y Chivato; los de clase mediana, ubicados en los lugares de Salud, Huevo, Acequia Alta, Panteoncito, Puerta falsa del teatro, Mandamientos y el jirón Amazonas; y los de clase superior, ubicados en los lugares de Los Patos, Comesebo, Orejuelas, San Sebastián, Barranquita, Juan Simón, Naranjos, Penitencia y Moserrate”.
Además de estos locales, también existían otro tipo de burdeles donde se consumía alcohol, música y baile. La prostitución iba adquiriendo importancia, lo cual también afectaba la subjetividad de los demás habitantes.
La presencia de la prostitución llevó sobre todo a las clases altas a exacerbar sus temores y establecer límites que diferenciaran a las mujeres prostitutas de las mujeres buenas (madres, esposas, hijas). Se puso énfasis en el honor y la decencia femenina, para que éstas fueran visibles públicamente y no fueran confundidas con la imagen de prostitutas.
Esto se traduce en “actitudes, comportamientos, formas de expresión” que eran inculcados en las familias, para demostrar su honorabilidad en cada una de sus acciones.
Con todo esto, un espacio que fue invadido fue el lecho conyugal, lo cual influyó en la sexualidad de las mujeres y las relaciones con los hombres: las “mujeres decentes” no podían manifestar sus deseos por ser ello manifestación de las “prostitutas”.
Bracamonte cita al Dr. F. Merkel: “La práctica demuestra, como lo ha demostrado siempre, que el matrimonio no satisface las aspiraciones de todos los hombres que se han casado y casan. No hacemos referencia a las infidelidades, [...] sino queremos hacer recordar que existen psicopatías sexuales, muy largas de enumerar, a la satisfacción de las cuales ni una mujer se prestaría, ni el marido, que debe ser considerado como enfermo, sería capaz de exigir a su consorte, a la que respeta y quiere como a digna compañera y madre ejemplar de sus hijos. Y así se encuentra ya, desde tiempo inmemorial, un grupo social de mujeres destinadas a este objeto: llenar el vacío que para algunos hombres deja el matrimonio”.
Asimismo, los temores en las familias empobrecidas aumentaban porque las mujeres jóvenes podían ver a la prostitución como una alternativa para cubrir sus carencias.
Conforme aumentaba la prostitución, también “resultaba urgente la necesidad de exorcizarla, para lo cual debía ser convocada, satanizada y estigmatizada”.
Los médicos de ese entonces, como autoridades de la ciencia, identificaron a las prostitutas como la fuente de enfermedades venéreas. Vistas como un peligro para los varones jóvenes que podían ser engañados al no decirles las mujeres su verdadero estado de salud. Por otro lado, las prostitutas eran un mal ejemplo para las menores de edad, ya que podían ser inducidas a “caer en las redes del vicio”.
La visión sanitaria era que “el meretricio favorece la difusión de enfermedades venéreas, de las cuales unas dañan al individuo y otras influyen en la descendencia, convirtiéndose en factor de degeneración genésica”.
Esto se convirtió en parte del argumento para la normatividad sobre la prostitución. Mannarelli refiere que entre 1905 y 1910 hubo una alta incidencia de sífilis, más entre negros, después blancos, mestizos, amarillos e indios, y dado que había una “conspiración del silencio” por ser el tema sexual un tabú, la falta de información adecuada exponía a los jóvenes, quienes guiados “por sus necesidades fisiológicas y satisfacciones morales” encontraban en la prostitución una “fuente pródiga” para satisfacerse.
Se reconocían estas “necesidades fisiológicas” del varón como un imperioso impulso, el cual encontraba en el “amor reglamentado”, la prostitución, un medio para satisfacer ese apetito sexual.
De una u otra manera, se justificaba la existencia de la prostitución a favor de los varones, y se cuestionaban las acciones de las mujeres involucradas en prostitución, estableciéndose incluso una clasificación de causas, a saber: “intrínsecas: temperamento lúbrico, perversión precoz y falta de educación y extrínsecas: mala educación, insuficiencia de salarios, atractivo del placer y lujo, desaparición de los principios religiosos, descenso del nivel moral, seducción, primer desliz, reprobación social, influencia de libros y figuras obscenas, abandono del amante, etc. Como causas de orden social se mencionan: condición del domicilio, ambiente familiar, medios de subsistencia individual y de la familia, etc.”
Asimismo, ya se reconocía la existencia de prostitución clandestina, esto es, la que es
ejercida por mujeres en algunos casos en sus casas o en algún local, o las que se pasean por las calles y plazas.
En 1935, la “Liga Nacional de Higiene y Profilaxia” empieza a luchar por la represión de la prostitución; se dan posturas a favor del abolicionismo y en contra de la reglamentación, como también quienes consideran que la reglamentación es lo que permitirá manejar los problemas de salud suscitados por ese grupo de mujeres.
En 1936, se organiza el Comité Abolicionista Peruano.
En 1949, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprueba el texto de un Convenio cuyo primer considerando dice: “La prostitución y el mal que la acompaña, la trata de personas para fines de prostitución, son incompatibles con la dignidad y el valor de la persona humana y ponen en peligro el bienestar del individuo y de la comunidad”. La Asamblea invita a los países a tomar medidas legislativas abolicionistas.
En 1956 se dan normas sobre la inspección y carnetización dictadas y ejecutadas por el Ministerio de Salud. Esto implicaba el control sanitario de las mujeres en prostitución cada 15 días.
En 1957, diecinueve países ratifican el Convenio de 1949; el Perú persiste con el régimen reglamentarista. Se aprueba el nuevo reglamento de Licencias Especiales de Policía, considerándose la prostitución entre las actividades incluidas en dicho reglamento.
La Asociación Peruana de Higiene lanza un comunicado a la ciudadanía, y a fines de 1957 se expide un Decreto Supremo: una declaración en pro de la abolición.
En 1967 se constituye una nueva Comisión para estudiar el problema, que presenta un informe sobre la situación de la prostitución, donde en base al estudio de casos de mujeres involucradas en prostitución plantean algunas recomendaciones teniendo en cuenta el objetivo con el que fue convocada: “disponer medidas que prevengan la prostitución y aseguren la debida recuperación de quienes han incurrido en ella”, siendo entre otras el reconocimiento de la presencia de menores, las diferencias con las que se considera a la mujer frente al hombre que la prostituye, la existencia de grupos interesados en mantenerla y la desorientación de la opinión pública que juzga la prostitución legítima pero desprecia y condena a la prostitución.
Además este informe señala algunas medidas dentro de la Rehabilitación, Prevención y lo Legal. Mayormente, estas medidas apuntan a la mujer que se prostituye, planteando su reclusión y tratamiento, al mismo tiempo que enfatizan las redadas para quienes no tienen licencia. Aluden tangencialmente a la demanda.
Entre 1972 y 1983 se dieron 4 modificaciones a las licencias especiales.
En 1985 se designa a las Municipalidades para ejercer el control de la prostitución, que hasta ese entonces estaba a cargo del Ministerio del Interior, quienes estipulan una serie de requisitos, dentro de un reglamento, para el funcionamiento de locales.
Mientras tanto, a partir de 1990 la prostitución clandestina aumenta considerablemente en las calles del centro de Lima.
En 1993 se deroga este reglamento y se emiten ordenanzas municipales que establecen multas y sanciones a los locales que no tengan licencia. Asimismo, se dieron normas municipales que planteaban la obligatoriedad de exámenes médicos.
Entre 1995 y 1998 se enfatiza nuevamente que las prostitutas son un foco infeccioso. Por este motivo las mujeres eran detenidas, llevadas a centros de salud y, en caso de que se encontraran infectadas con alguna ETS, eran encarceladas por delito contra la salud pública.
A finales de esa década se calculaba que alrededor de 12.000 prostitutas estaban ofreciendo sus servicios en el Centro Histórico de Lima. El 20% estaban comprendidas entre los 13 y 17 años, si bien entidades gubernamentales hablan de cifras mucho mayores, planteando que 75.000 mujeres se dedican a la prostitución en la ciudad de Lima, no pudiendo dar cifras exactas sobre las que se encuentran en prostitución clandestina.
Paralelamente al incremento de mujeres, desde 1992 se ha dado una proliferación de hostales, cines pornográficos, discotecas, etc.
Asimismo surgen medios de difusión de la oferta de servicios sexuales. Los medios de comunicación juegan un rol importante; los diarios mantienen secciones específicas donde se ofrecen estos servicios; también hay espacios televisivos y páginas web donde se ofertan incluso a niños, niñas y adolescentes. La pornografía como antesala de la oferta de servicios sexuales ha ido también incrementándose.
Por otro lado, con el surgimiento del VIH/SIDA, en los años 80 las mujeres en prostitución fueron objeto de diferentes investigaciones relacionadas con la incidencia o prevalencia de ETS.
Se ha observado que en los últimos años se ha incrementado el número de niños, niñas y adolescentes explotados sexualmente. Esto ha originado una mayor movilización de recursos en un abordaje de esa población. Sin embargo, no se trabaja con la demanda y quienes lucran con la explotación: es un extraordinario negocio.
En el 2004 se promulgó la ley 28.251, que sanciona al usuario de mujeres cuyas edades estén comprendidas entre los 14 y 17 años, lo cual era un gran vacío legal.
Las investigaciones sobre el tema de prostitución se iniciaron desde un punto de vista biomédico. Sin embargo, en los últimos años se está intentando un enfoque psicosocial, aunque siempre enfatizando la visión de la mujer que se prostituye y no la de la presencia del cliente.
La prostitución callejera está entendida como la comprendida por mujeres, niños, niñas y adolescentes de estratos socio-económicos con menos recursos. Al ejercerse en la calle y en locales que no cuentan con licencia, quienes ofrecen estos servicios son blanco de mayor estigma y persecución, siendo objeto de mayor violencia y abuso de autoridad.
Esta modalidad de prostitución es la más perseguida por acciones dirigidas por la Municipalidad. Preocupada porque no pagan tributos, argumenta que las prostitutas atentan contra la seguridad de los usuarios al no estar registradas y no contar con control médico.
En los últimos años, las mujeres involucradas en prostitución, denominadas trabajadoras sexuales, se agrupan en asociaciones. Tal es el caso del Perú donde surge la Asociación de Trabajadoras Sexuales Miluska y Dignidad. Esta asociación argumenta su organización en aras de defender sus derechos, contra la violencia y a favor de la protección de su salud.
Trapasso sostiene que “la defensa de las mujeres denominadas trabajadoras sexuales es una medida de corto plazo puesto que no cambia o modifica las relaciones de dominación y subordinación entre el cliente y la persona proveedora de sexo. La defensa de los derechos de las mujeres que ejercen la prostitución no cambia el hecho de que los hombres compran el cuerpo de la mujer. Si creemos que toda mujer es dueña de su propio cuerpo y tiene el derecho de vivir su sexualidad dentro de relaciones de mutualidad, respeto y justicia, entonces la prostitución y el tráfico de mujeres son totalmente inaceptables. Mas bien, estando convencidas de que los derechos sexuales son elemento fundamental de los derechos humanos, entonces toda manifestación de explotación sexual tendría que ser desterrada”.
Esto ha llevado a algunas entidades estatales y privadas a participar de eventos donde el tema a discutir es los derechos de estas mujeres, sin darse cuenta de que están luchando por la institucionalización de la prostitución, que atenta contra ellas mismas y responde a la gran demanda.
Paralelamente se están dando propuestas para la creación de “zonas rosas”, que parten desde algunas autoridades, en un intento por controlar la presencia de mujeres en las calles y argumentando que eso permitiría resguardar la seguridad del usuario.
La concepción de la prostitución es sesgada y por ello los diferentes abordajes responden a los estereotipos y mitos que se han mantenido a través de la historia del país.
(Fuente: ¿Mercancía sexual?: Cómo Hemos Creado la Demanda para la Explotación Sexual Comercial de Niños, Niñas y Adolescentes en el Perú una Investigación de IDEIF – Instituto de Estudios para la Infancia y la Familia (Iquitos), CODENI (Cusco), REDES (Huancayo), Movimiento El Pozo (Lima) con la colaboración de ECPAT International, Noviembre 2005)

Ilustración: "Yacuruna", 2004 de Danna d'Coz

martes, 27 de marzo de 2007

Reseña Histórica de la Sexualidad y los Roles Sexuales en el Perú

El proceso que ha pasado el Perú para poder explicar las creencias, actitudes y comportamientos frente a lo que es sexualidad y roles sexuales está registrado en los libros, incluso desde el Incanato.
Según reporta Guaman Poma de Ayala, se da una diferencia en la concepción de la mujer a través de la histora. Antes de la conquista se le considera más pura, dentro de un orden asociado al existente en el Incanato. Por otro lado, la mujer andina después de la conquista, es considerada parte de la corrupción y el desorden característicos de la colonización española. Esto se refiere al contacto y establecimiento de relaciones de pareja, generalmente forzadas, que se dieron dentro de la conquista, considerando por ello a las mujeres como “grandes putas”; sin embargo, afirma que los hombres andinos sí mantienen la pureza y el orden, ya que se identifican con “el pensamiento católico y machista de la época que identifica a las mujeres como seres débiles susceptibles a la degeneración moral”.
Guaman Poma, en su postura antimestiza, sostiene que “las mujeres no son víctimas pasivas de esta situación sino virtuales cómplices, son peores que negras y ya no tienen honra”.
Cabe señalar que, durante el Incanato, las mujeres estaban sujetas a ser entregadas como parte de alianzas con grupos étnicos. “La apropiación de mujeres era una fuente de autoridad y prestigio”39, lo cual se mantuvo en los inicios de la conquista. Los españoles recibieron mujeres de la nobleza como parte del deseo de establecer alianzas y mantener una serie de intereses económicos y sociales.
La disposición de las mujeres establece una diferencia entre los derechos de hombres y mujeres: “los hombres tenían derechos sobre las mujeres y éstas no necesariamente sobre los hombres ni sobre ellas mismas”, y esto tuvo continuidad en la conquista.
Mannarelli plantea que los españoles, “provenientes de una tradición patriarcal, optaron por amancebarse con las indias, a las que consideraban doblemente inferiores, por su género y por ser miembros de grupos étnicos sometidos”.
Es así que el establecimiento de las diferencias y la consideración de las mujeres como seres inferiores se va marcando dentro de un nuevo patrón que rige las relaciones entre hombres y mujeres, haciendo énfasis en la necesidad de un hombre dominante y con derecho a decidir sobre la vida de las mujeres.
Los españoles conquistadores tenían la visión de su país de origen: ante la ley, hijos e hijas tenían igual derecho en la herencia del patrimonio familiar; sin embargo, “las mujeres eran consideradas moral y mentalmente inferiores a los hombres, estipulándose que sobre ellas se ejerciera la tutela masculina”. Esto se reflejaba en las decisiones de establecimiento de relaciones de pareja, de matrimonio, dotes, herencias, y con diferencias adicionales de acuerdo con las condiciones sociales y étnicas.
Estas diferencias se daban dentro de leyes establecidas. El imaginario social y la presencia de la Iglesia, que implicaba la aplicación de leyes, sanciones y castigos, con mayor fuerza en las mujeres. El adulterio era castigado más drásticamente en el caso de las mujeres, mientras que se daba mayor indulgencia, y por lo tanto castigos menores, a los hombres: las sanciones sociales también establecían las diferencias y las presiones para que se mantuviera esta discriminación entre hombres y mujeres y se fomentaran las acciones violentas consideradas parte de las relaciones de matrimonio, siendo la sanción para el hombre agresor mínima o subestimada la falta.
Asimismo, en las primeras generaciones de la conquista, las mujeres españolas tuvieron un rol importante de introducción y difusión de una nueva cultura, creación de instituciones, difusión de cultivos de plantas provenientes de su país de origen, etc., aunque el grado de importancia que tiene en la construcción de una nueva cultura no está enfatizado.
La situación de la mujer durante el colonialismo y el virreinato peruano siempre estuvo sujeta a la dependencia de un hombre, tanto social como económicamente, sea cual fuere su situación de estado civil: casada, viuda, divorciada, concubina, soltera.
Las actividades laborales también estaban teñidas de las discriminaciones mencionadas, sociales y étnicas: las mujeres blancas pobres podían alquilar cuartos en su casa o coser, lo que no mermaba su honor. En cambio, las mujeres de estratos bajos, de las “castas”, las indias y esclavas, de quienes no se podía esperar “honor y recato”, podían trabajar en actividades serviles, vender productos agrícolas, comidas, chicha. Esto último lo realizaban en “chicherías”, lugares frecuentados por hombres, lo cual según se reporta las ponía en situaciones de riesgo por el mismo ambiente que se generaba.
Debido a su convivencia en las casas, las esclavas establecían relaciones afectivas, de pareja, con los amos, lo que iba de la mano de la expectativa de la obtención de su libertad. Sin embargo, era frecuente que esto no se cumpliera; el tener relaciones sexuales era un bien valorado, pero los amos aducían inocencia poniendo en duda la honestidad sexual de las mujeres, lo que implicaba que no eran necesariamente quienes iniciaron la relación o que no habían sido la primera pareja sexual, lo cual los exoneraba de cualquier obligación.
Si bien el matrimonio era una institución reconocida como importante, según reporta Mannarelli, “en el Perú colonial urbano, la sexualidad transcurrió ampliamente fuera de
la institución matrimonial, con fuerte presencia de relaciones prematrimoniales y amancebamientos”, y si bien el amancebamiento era sancionado, las diferencias de género eran muy marcadas: las mujeres tenían mayores sanciones sociales e incluso económicas, mientras que los varones tenían mayores consideraciones. En principio, los hombres podían defenderse, pero las mujeres mayormente se quedaban en silencio, porque eran mal vistas las intervenciones públicas de las mujeres.
Por otro lado, si bien ambos podían pagar una multa, el adulterio era tratado de diferente manera para hombres y mujeres; para los hombres era más aceptado socialmente, mientras que para la mujer implicaba incluso poner en duda la paternidad de sus hijos, hasta penas como hacerla caminar semidesnuda por las calles.
El hombre podía solicitar la muerte de la esposa adúltera, y si él la mataba por haber sido engañado, recibía como pena ser desterrado un par de años de la ciudad o un tiempo corto en la cárcel.
La mayor sanción auto-impuesta a las mujeres era aceptar en silencio ciertas condiciones, porque poner en evidencia cualquier problema conyugal la exponía socialmente.
En general, las relaciones sexuales al margen del matrimonio eran sancionadas como falta grave, y para la Iglesia era un pecado, pero al mismo tiempo la sociedad “se mostró bastante tolerante a las relaciones extra conyugales y a las situaciones que de éstas se derivaban”.
“En verdad, el mundo colonial desde sus inicios estuvo cuajado de relaciones de dependencia. (...) La verticalidad en las relaciones sociales afectó particularmente las relaciones entre hombres y mujeres”, y esto, sumado al gran número de nacimiento de hijos ilegítimos como resultado de estas relaciones, marcó una serie de diferencias, basadas en el dominio de los varones y la subordinación de las mujeres, consideradas inferiores al igual que los niños y esclavos.
La situación de los hijos ilegítimos, a través del tiempo, ha ido enfrentando situaciones difíciles; si bien la sanción social ha cambiado, ya no son tan estigmatizados, siguen vigentes problemas de reconocimiento legal y el hecho de que pueda contar con el apoyo paterno en su manutención y necesidades.
Ya en el siglo XVIII, de acuerdo con un estudio sobre la difusión de noticias periodísticas de ese entonces, se encuentra la presencia marcada de estereotipos sobre la mujer, establecidos de acuerdo con las diferencias étnicas.
Mas aun, si el contexto que se daba era el de argumentar la superioridad masculina y el prevenir el peligro de los placeres sexuales, y “la mujer y la tentación del sexo eran una amenaza para el hombre, porque eran contrarios al ejercicio de su razón y a la salvación de su alma”, el tipo de abordaje de los periódicos de ese entonces colaboró en la difusión de los prejuicios contra la mujer, muchos vigentes hasta la actualidad.
Se resaltaba la belleza de la mujer criolla limeña, lo cual inducía a resaltar su habilidad seductora, su “centro de vida... sería la búsqueda de marido, para lo cual despliega todas
sus habilidades para seducir al hombre, pero sin perder el honor”.
Se referían a las negras y mulatas, quienes generalmente eran amas de leche y se dedicaban a cuidar a niños pequeños, como transmisoras de enfermedades y “semillas de vil corrupción de su vil raza”, se les presentaba como objeto de deseo sexual, acompañado de comentarios que cuestionaban su moralidad.
En cuanto a las mujeres indígenas, se aludía a ellas como “sumisa al varón”, afirmado que son “esclavas del varón”.
Si bien se mencionaba poco a la mujer selvática, las descripciones que hacían de ellas aludían a su vestimenta: decían que ocultaba “las partes menos honestas”.
En general, las referencias siempre iban teñidas de un cuestionamiento a su sexualidad y a su honor.
Sobre los niños, se puede encontrar una fuerte tendencia a no ocuparse de ellos. Cuando se referían a las niñas se enfatizaba la necesidad de educarlas dentro del recato, laboriosidad y prudencia, y con recomendaciones para que no fueran seducidas.
Las referencias a la mujer joven son siempre cuestionamientos por incitar a los hombres, y se les presiona para que lleguen al matrimonio, ya a partir de los 15 años, con actitudes críticas o burlonas hacia la mujer soltera. Se imponía el criterio de que ya a determinada edad debía estar casada; era adjudicarle valor por estar casada, por ella sola no lo tenía.
La alusiones a la mujer casada son en función de su servicio a la procreación y dentro del matrimonio, estado que era la continuación de la protección del padre, y también de dependencia del padre y del esposo. Además se expresaba que “el marido disponía y la mujer obedecía”. Su rol primordial era el de madre y educadora de los hijos.
Por otro lado, las alusiones a la mujer religiosa eran tan frecuentes como las alusiones a “las mujeres de mala vida”, presentadas como “fuente de pecado, instrumento de la lujuria y de los placeres de la carne”.
Se encontraban involucradas en la prostitución mujeres negras, indias, mestizas, mulatas y españolas, pero el matiz al referirse a ellas variaba de acuerdo con las diferencias étnicas, con una mayor condescendencia para las españolas.
En general, las referencias siempre aludían a su pudor y su necesidad de depender de los hombres.
Todo lo anteriormente mencionado es la trayectoria que se ha dado como antecedente de lo que actualmente se encuentra que norma las relaciones de hombres y mujeres, para poder entender cómo se ha mantenido una actitud de subestimar a las mujeres y a los niños en función de creerles seres inferiores, donde el campo de la sexualidad siempre ha implicado mayor cuestionamiento, abuso de manera discriminadora, por un lado, y por otro ha originado una postura hacia las acciones y actitudes de los hombres de mayor permisividad y tolerancia social, que prevalece hasta nuestros días.
Al revisar el surgimiento del término “sexualidad” como tal, encontramos que aparece por primera vez en el siglo XIX (Foucoult, en Giddens) dentro del campo de la biología y zoología; es recién al final del siglo que asume un significado más conocido, descrito en el Oxford English Dictionary como “la cualidad de ser sexuado o tener sexo”.
Sin embargo, desde sus inicios estableció una diferencia entre hombres y mujeres, ya que se usó para referirse a enfermedades que padecían las mujeres y no los hombres: problemas de “sexualidad femenina”, entendiéndose sólo el aspecto fisiológico
El término, en general fue definido alrededor de los límites de “normalidad”; lo que no correspondía era parte de la psicopatología.
Es por ello que al iniciarse el siglo XX, la sexualidad estaba cargada de lo impulsivo y represivo, evidenciado en la obra de Sigmund Freud.
En el Perú, en el siglo XIX y principios del siglo XX, la sexualidad era entendida, dentro del ámbito médico, como la “actuación de los órganos sexuales”. Sin embargo, de acuerdo con las normas sociales, la moral tenía que establecer los límites; “la consumación de la ley fisiológica de la Naturaleza debería estar restringida por la moral”.
Esta concepción trajo consigo un nuevo criterio de actitud de los hombres y de las mujeres, en donde la moral y lo fisiológico debían confluir. El matrimonio era percibido por los médicos como un fin que también satisfacía expectativas individuales.
En los años 80 es donde se da una gran producción de literatura sobre el tema de sexualidad, donde ya es vista como “una dimensión (fluida) de la cultura que se adquiere a través de la socialización”.
Pero también se da otro cambio, justamente en los años 80, a raíz del problema del VIH/SIDA: se da el replanteamiento del término y se convierte en un tema que necesariamente se tiene que trabajar. Hasta ese entonces las teorías sobre el comportamiento sexual estaban centradas en la persona, queriendo identificar las razones que llevan a las personas a tener conductas de riesgo, pero se da un giro al entender que “es imposible comprender de manera global por qué los individuos tienden a adoptar un comportamiento sexual específico... si no se toman en cuenta los factores provenientes del contexto socioeconómico y cultural que influyen en la capacidad de decisión, como los comportamientos personales”.

(Fuente: ¿Mercancía sexual?: Cómo Hemos Creado la Demanda para la Explotación Sexual Comercial de Niños, Niñas y Adolescentes en el Perú una Investigación de IDEIF – Instituto de Estudios para la Infancia y la Familia (Iquitos), CODENI (Cusco), REDES (Huancayo), Movimiento El Pozo (Lima) con la colaboración de ECPAT International, Noviembre 2005)
Ilustración: Cuadro "Yapankani" de Danna d'Coz (vea más obras de la artistas)

jueves, 15 de marzo de 2007

Historia de la Sexualidad (Visión Andina y Amazónica de lo Sexual)

La sexualidad andina se expresa aún hoy en rituales y en la permisividad de sus fiestas calendarias.
En carnavales y asociado con la bebida, las conductas de sexualidad fuera del matrimonio son aceptadas socialmente y se encuentran ritualizadas; los diablillos alientan el desenfreno y triunfan, momentáneamente, las fuerzas subterráneas.
Sin embargo, la aventura no es aceptable con personas extrañas a la comunidad, ya que se asocian con infertilidad, atentando contra el ideal de la endogamia que sólo se supera cuando una alianza matrimonial exógama enriquece a la comunidad. Tampoco se acepta el incesto.
Para reforzar los temores frente a la exogamia se tienen creencias y relatos de las nefastas consecuencias de que un joven o una joven se unan a monstruos, bestias y demonios con apariencia de extranjeros.
En la cosmovisión andina los términos de "runa" y "warmi", que definen a hombre y mujer, sólo se aplican a personas del mismo medio social, ya que los de fuera no tienen actividad sexual socialmente reconocida. Se llama "yana" a la pareja, hombre o mujer, que es lo oscuro que complementa al yo, lo claro, ambas partes sometidas una al otro inequitativamente, definiéndose una al otro en un tenso equilibrio.
El pensamiento andino sexualiza al mundo y todo lo ve en términos de complementación de los sexos: los dioses, la naturaleza. Hasta la Virgen es vista como esposa de Jesucristo y los santos tienen pareja.
En esta visión tan abiertamente sexualizada de la realidad, llama la atención que se diferencie entre sexualidad desmedida y moderada: los humanos tendrían sexualidad moderada; los seres de mundos inferiores, diablos y diablesas, tendrían sexualidad desmedida.
Mitos recogidos por misioneros cristianos ilustran la conceptualización del mundo en poblaciones nativas amazónicas. Por ejemplo, los mitos amazónicos Cashinaguas explican cómo el origen del sexo asociando el sexo femenino con una llaga que un hombre joven descubrió cómo curar: teniendo relaciones sexuales como los monos, aunque muriera con el pene partido luego de hacer una demostración pública con todas las mujeres de la comunidad. Otros mitos explican el olor rancio del sexo femenino por una pareja en la que la mujer era casada, que quiso que no descubrieran que habían tenido relaciones y quisieron disimular el olor frutal y floral de la vagina con una papaya rancia; de ahí que se perciba un olor característico luego de tener sexo.
Otro mito más explica que la vergüenza, la violencia y todos los males tienen su origen en que en vez de tener relaciones sexuales sin vergüenza y públicamente, como hacían los antepasados y los animales, el pudor apareció cuando una mujer, como Eva, tentó a un hombre con la fruta de la shapaja que nadie comía, pero luego se avergonzó y tuvieron sexo a escondidas, generando un empeoramiento del clima, guerras y toda suerte de enfermedades y males.
Otra leyenda selvática relata que unos Aguarunas que se creían perdidos y que iban a morir, se animaban unos a otros a hablar de "cosas vergonzosas", y hablaban de cómo era "la abertura amplia y el clítoris bien grande" de sus mujeres, lo que los hacía felices. Todos "contaron sin vergüenza" sobre sus mujeres, pero luego encontraron el regreso a casa y como todos sabían cómo eran las mujeres de los demás, se engañaban mutuamente. Así, engañándose, no podían convivir y esa es la razón por la cual los aguarunas de separaron y viven diseminados por la Selva.
Otro mito Aguaruna explica las relaciones rápidas y ocultas de los humanos porque los hombres se habrían cambiado los penes con los perros para evitar ser muerto por ser encontrado copulando con una mujer casada. Antes “el pene se les pegaba, como los perros”, teniendo relaciones de larga duración y a la vista de todos; ahora ya podían esconderse.
Otro ejemplo muestra las creencias sobre la fecundidad en el Amazonas. Según un mito Aruaco de los Machiguengas, la Luna era masculino y vivía en la Tierra, casada con una bella joven. Al igual que en el mito persa del ángel que echa tierra al ovario de la mujer para fecundarla, en este mito la Luna echó tierra al vientre de su esposa que se bañaba en el río, con la misma finalidad, pero ella se molestó y le tiró barro, por lo que la Luna la mató aunque revivió al hijo en su vientre, se comió la mitad de la mujer muerta, en vez de todo el cuerpo, como era el ritual, y las manchas de la luna son esos restos que no comió y el hijo, al crecer, se volvió el Sol.
Otro mito Aguaruna relata cómo la esposa glotona del dios Luna quiso seguirlo al cielo por un hilo y debido a su embarazo y la carga de todas las cosas pesadas del hogar, lo hacía lentamente, por lo que el marido la descubrió y cortó el hilo, haciéndola caer a la tierra, reventando la barriga con toda la comida que tenía adentro que el dios convirtió en barro y, desde esta maldición, la mujer hace ollas de barro y cocina.
Otros mitos amazónicos, Huambisas, Jíbaros y Aguarunas, narran que los principales dioses del sol y la luna son ambos masculinos, nacidos como huevos del vientre de una mujer vieja que un antropófago mató, y estos dioses tenían el poder sobre sus mujeres. Por celos entre estos dioses masculinos se habría terminado la poliandria y se prohibió estar con la esposa de otro (no el esposo de otra), pudiendo los maridos celosos matar a su mujer de solo asaltarles la duda, siendo siempre la mujer asociada con el diablo por infiel.
Aún hoy la violencia contra la mujer en la Selva rural se asocia, básicamente, a temas de infidelidad por ambas partes.Tanto en las narraciones andinas como en las selváticas prevalece una analogía del falo con la serpiente, culebra o gusano, a los que se les atribuye un poder fertilizante, viril y vivificador, y se les teme porque pueden violar y agredir.
Siempre es una mujer joven y hermosa que se encuentra con una culebra disfrazada y un joven extranjero le propone ser amantes y ella accede, escondiéndolo en un hueco bajo el moledor de maíz, alimentándolo de día y siendo amantes en la noche, a escondidas, hasta que sale embarazada y los padres matan a la culebra, abortando ella culebritas o sapitos (símbolo del sexo desordenado y prohibido) y casándose luego con alguien del pueblo. En versiones más modernas más que una serpiente es un amante en forma de falo.
Un mito Aguaruna habla de gusanos que se introducían en el cuerpo de la mujer y la embarazaban, hasta que la madre tapó "el numpijí" de la mujer, para que ésta tenga relaciones sexuales sólo con hombres.
Otra versión, Capanahua, alude a que la madre descubre que su hija casada se sentaba sobre un moledor, debajo del cual escondía un gusano, y movía las caderas y decía "una hormiga me está picando"; la madre mató al gusano pero la hija tuvo un hijo de éste.
La joven que muele maíz, símbolo de fertilidad, lo disfruta, porque lo hace sentada directamente sobre el piso, con el sexo rozándolo, “como no debe hacerse”. Del hueco sale una lombriz y la penetra, lo que le ocasiona placer; el placer es secreto y ella alimenta al gusano hasta que se embaraza y da a luz un animal o un bebé-gusano. En unas versiones los padres matan al gusano, en otras, no lo encuentran. En otras versiones no se embaraza, sólo que los padres la descubren disfrutando el placer de moler maíz.
En narraciones más prevalecientes en la Selva que en el Ande, el marido descuida a la mujer, simbolizado en que no es buen cazador, y la mujer sola es seducida por un felino que le promete abundante caza. Se va con el puma, jaguar o tigre, quien la satisface oralmente, hasta que se harta de convivir con él y comer carne cruda y vuelve a la comunidad que la ayuda a matar al tigre y comérselo. Si han tenido hijos, se comen a los hijos.
En la versión andina se trata de un hombre sodomizado por un puma, gozando de la relación bestial. Este relato puede remontarse a un huaco pre hispánico Mochica. Hay otro huaco de esa cultura con una mujer en coito con un puma, en una postura de cuatro patas que no es usual de las representaciones en los ceramios de conductas sexuales humanas.
Igualmente, hay otro huaco de la misma procedencia de un hombre cuyos genitales están siendo devorados por una serpiente. En estos amores con animales, cuando se trata de una mujer el animal procura amores bestiales, la mujer se bestializa; cuando es hombre, lo devora parcial o totalmente, perdiendo su identidad; otra constante es que la mujer quiere algo sagrado o mágico; el hombre, algo profano.
Otros relatos andinos y amazónicos muestran la creencia de que existen espíritus y monstruos codiciosos del sexo humano, que violarán a la mujer o seducirán hasta enfermar y disolver al hombre (chupándole la energía vital, disolviéndole los huesos que se supone se forman del semen). Así, el enano dela cascada viola a las jóvenes; la laguna con forma de doncella seduce al joven tragándoselo en su vagina.
En la pareja andina las primeras relaciones con el otro sexo se darían de manera espontánea, furtiva, apasionada; se recurre a la analogía con las llamas, que los indígenas creen están en perpetuo celo. Si bien esta pasión "salvaje" tiene visos de prohibida, la sociedad sólo se opone formalmente, ya que hay una aceptación de fondo a los amores juveniles fugaces.
Para la pareja institucionalizada, por el contrario, se espera una sexualidad domesticada, mesurada. Este no sería el caso de las personas de la Selva, quienes no esperan que la pasión se apacigüe, pero los ritos selváticos también muestran un rechazo a la pasión enceguecedora y la presión social para preservar un orden a través de los ritos ceremoniales de los raptos y las guerras ocasionadas por los amores furtivos.
En un mito, un cazador se enamora de su presa y la prefiere a las mujeres, llegando a transformarse en un animal, y, dependiendo de la versión, puede volver a ser humano y reintegrarse a la sociedad o no.
En cuanto a los mitos del incesto, que incluye a primos, ahijados y compadres, depende del grado del incesto que haya mayor o menor tolerancia, pero las reacciones no pasan de murmullos y aislamiento social, pero la comunidad piensa que se ha perturbado el orden cósmico y asociará el evento con cualquier desgracia natural o accidente.
La cabeza voladora es la forma que se le asigna al monstruo del incesto, es la cabeza de la persona incestuosa que, descabezada pero viva, duerme en brazos de su amante. También puede convertirse en llama de dos cabezas o en mula que escupe fuego (la Runamula de los selváticos es la pareja infiel).
El infiel que muere es un "condenado" que no puede terminar de morir porque amó a quien no debía (o era avaro, muy apegado a las cosas) y vaga por la tierra asustando a los humanos.
Lo sexualmente prohibido es asociado con suciedad: la cabeza voladora invita a comer deyecciones o escupe saliva inmunda. El incesto es visto como sucio, como algo que bestializa, que desintegra, que mata en vida, así como algo que afecta el orden social y natural.
Un mito de Huarochirí, que fuera importante provincia andina en cuyas tierras bajas los españoles fundaran Lima, se refiere al nacimiento de Pariacaca, dios Montaña que reemplaza al Sol, se vincula al adulterio de la mujer de un gran adivino y dios. Este mito habla del adulterio de la mujer, que dio de comer a un hombre un grano de maíz tostando que saltó a su vagina y cayó dentro de su sexo, y de serpientes y un sapo que viven bajo un moledor de maíz y destruyen el orden de la casa y enferman al esposo.
En sociedades tradicionales el mundo es dominado por hombres, sea el Inca, el español o el presidente, sea el chamán, el médico tradicional o el cura, sean los dioses del Incario o el Dios del Catolicismo.
El chamán o curandero amazónico, por ejemplo, media entre el mundo de los dioses y espíritus y el de los hombres y, como el mítico Inca o el curandero andino, tiene una luz interior y una aureola que derivan del poder creador, seminal, del dios Sol.
Al chamán se le percibe como un falo que penetra el mundo sobrenatural, el mundo de los espíritus que es visto como un útero, por lo que el chamán tiene poder fertilizante, de dador de vida o de muerte. Puede transformarse en jaguar y atacar a las mujeres y devorar hombres.
Sus instrumentos, como su vara sonajera y un cilindro de cuarzo llamado "pene del Sol" y relleno del psicotrópico rapé que, se cree fue la eyaculación del dios Sol cuando su hija, prendada incestuosamente de él, le acarició los rayos masturbatoriamente, son vistos como fálicos y le son dados por el mensajero del Sol, el trueno, bajo la forma de un jaguar.
El chamán usa el rapé y la ayahuasca para nutrir su poder. La ayahuasca otro psicotrópico, se cree tuvo su origen en el embarazo de la primera mujer que habitó la tierra, embarazada por la mirada del Padre Sol, dueño de la ayahuasca y del poder sexual. Cuando nació el hijo todos se disputaban la paternidad y despedazaron al niño; de cada pedazo nació una variedad de la ayahuasca.
Otro mito nuevamente revela los símbolos fálicos, el del Sol viajando por el río e introduciendo su vara sonajera en sitios propicios, de donde nacen los grupos humanos, relacionado con el mito de Manco Capac y Mama Occllo, su hermana, hijos del Sol que fundaron Cuzco, capital del Imperio Incaico donde se hundió su vara, tienen los mismos componentes de incesto y poder fálico.
El Inca, hijo delSol y portador de un cetro de oro cubierto de figuras de maíces, símbolo de fertilidad seminal, intermediaba entre los mundos, era permitido el incesto, tenía una vinculación con el dios Jaguar. Curiosamente, la tradición egipcia antigua también atribuía la creación a la masturbación del dios Sol, Aton-Ra, cuyo pene divino creó los ríos que acunaron a las civilizaciones.
Hay distintas culturas paganas que consideraban el semen un ofrecimiento a los dioses.
(Fuente: Erotismo, Placer y Sociedad. Un paseo por la historia: Ayer y hoy por María Raguz, es Doctora en Psicología Social, Especialidad de Género (Holanda). Maestría enEEUU en Psicología Educacional. Profesora principal de la Pontificia Universidad Católica delPerú. Integra varios rosters internacionales de consultores y expertos en género, derechos ysalud sexual y reproductiva, en particular, adolescente y juvenil. Dirige la ONG REDESS Jóvenes).

(Imagen 1: Cuadro "El Amanecer", 2004 de Andrés Cotrina Chavez - ver otros cuadros del artista)
(Imagen 2: Cuadro "Amazonía", 2004 de Joge Paco Monteagudo - ver otros cuadros del artista)