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lunes, 16 de abril de 2007

Infecciones Testiculares

La poca atención que hasta hace poco se ha prestado al aparato reproductor masculino ha hecho que las enfermedades genitales de los hombres sean menos conocidas que las de mujeres.
Exceptuando las dolencias de la próstata, pocas patologías masculinas son reconocidas por los propios individuos más proclives a padecerlas, por lo que es habitual que la temida visita al especialista, en este caso el urólogo, se retrase más de lo deseable y se realice sólo cuando las molestias alcanzan su momento crítico.

De entre las patologías que el aparato genital masculino puede sufrir, destacamos varias dolencias de los testículos: la epidedimitis (infección del epidemio, la estructura en la que se
depositan los espermatozoides para madurar), la orquitis (infección de los testículos) y la orquiepididimitis (infección de ambas estructuras).
Paperas y relaciones sexuales
Una causa frecuente de orquitis son las paperas –un 30% de quienes las contraen después de la pubertad padecen orquitis–, que pueden provocar a los cuatro o cinco días dolor e hinchazón testicular en uno o en ambos testículos.
Las orquitis puede causar infertilidad y atrofia (disminución del tamaño del testículo), complicación que se da en un tercio de los jóvenes con orquitis.
La epididimitis aguda es más frecuente que la orquitis y se extiende también a los testículos, por ello se habla de orquiepididimitis. Una de las causas más frecuentes de su aparición es la infección por transmisión sexual, que afecta a hombres hetero y homosexuales.
En los jóvenes heterosexuales de entre 19 y 35 años los gérmenes que más frecuentemente la provocan son el Nisseria gonorrhoeae, gonococo
que causa la gonococia, y la Clamydia trachomatis, mientras que en varones homosexuales es Escherichia Coli, que se transmite a partir del coito anal.
Síntomas y diagnóstico
Los síntomas que produce la orquiepididimitis son fácilmente distinguibles: inflamación e hinchazón del escroto; testículo sensible, doloroso, hinchado y con sensación de pesadez; fiebre; en ocasiones flujo más o menos purulento por el pene (más frecuente si la infección es por clamidias); dolor al orinar, en las relaciones sexuales y la eyaculación; molestias en región inguinal y semen a veces sanguinolento.
El diagnóstico de la afección es sencillo, y se hace mediante la sintomatología y la exploración física. También se utilizan análisis de orina, en los que se efectúa un cultivo para identificar el
germen causante, y análisis de sangre.
Si hay que descartar otras patologías, se puede hacer una prueba de ultrasonidos Doppler (para examinar el flujo de sangre en las venas de la zona) y una gammagrafía testicular (que permite obtener la imagen interior de la parte afectada para comprobar su estado).
Tratamiento
Se requieren antibióticos y se recomiendan una serie de medidas generales, como el reposo en cama, un suspensorio testicular si se considera oportuno, la toma de antiinflamatorios no esteroideos para prevenir la obstrucción de las vías espermáticas y en ocasiones la infiltración con anestésicos locales en el cordón espermático.
En los afectados por gonorrea o clamidia es fundamental evaluar y tratar a las parejas sexuales, sobre todo si hubo contacto durante los 30 días previos a la aparición de los síntomas. La evolución no suele presentar complicaciones, aunque en ocasiones puede quedar una fibrosis cicatricial que provoca la no producción de espermatozoides.
La influencia de la gonorrea
Una de las causas de orquiepididimitis es la gonorrea, enfermedad infectocontagiosa exclusiva de la especie humana y que se transmite por contacto sexual. La incidencia más elevada de gonorrea o gonococia se da en países en desarrollo, de forma muy especial en los destinos del llamado ‘turismo sexual’.
La tasa de ataque más elevada se sitúa entre los 20 y 24 años, pero el mayor riesgo se presenta en mujeres entre 15 y 19 años: la posibilidad de que adquieran la enfermedad a partir de un hombre infectado se estima en un 50-70%, mientras que el riesgo para un hombre
a partir de una mujer infe
ctada es de un 20-30%.
La gonococia tiene mayor incidencia en poblaciones de bajo nivel socioeconómico y educativo, y es más frecuente en ambientes urbanos. La infección puede ser asintomática, lo que le confiere un alto grado de peligrosidad por la posible transmisión de la enfermedad.
En los hombres la gonococia tiene un periodo de incubación de 2-5 días. Tras este plazo, aparece una secreción mucosa por la uretra asociada a picor, que va evolucionando a secreción purulenta y síntomas inflamatorios en el meato uretral. Es bastante habitual que se produzca una orquiepididimitis y/o prostatitis.
En las mujeres, la infección se localiza en el endocervix, la parte más interior del cuello uterino, y suele dar síntomas muy poco específicos, como leucorrea (flujo), molestias discretas al orinar o picor en genitales. En estos casos localizados de infección hasta un 50% de las infectadas pueden permanecer asintomáticas, con lo que muchas veces se mantienen relaciones sexuales sin ningún tipo de precauciones.

Fuente: Infecciones Testiculares: Un riesgo para la fertilidad elaborado por la Revista Consumer.es Eroski N° 89 Junio 2005, Sección Salud

viernes, 6 de abril de 2007

Discriminación de la mujer según etapas de vida

+ Feticidio e infanticidio
La discriminación de género comienza pronto. Las técnicas modernas de diagnóstico del embarazo han hecho posible que se determine el sexo del bebé en su fase más temprana. En aquellos lugares donde existe una clara preferencia económica o cultural por los varones, el uso inadecuado de estas técnicas puede facilitar el feticidio femenino.

Aunque no existen pruebas concluyentes que confirmen este uso incorrecto e ilegal, el historial de nacimientos y los datos del censo revelan que en Asia hay una cifra desproporcionada de nacimientos de varones y una presencia exagerada de niños menores de cinco años, sobre todo en China y en la India, lo que sugiere la existencia de feticidios e infanticidios selectivos por género en los dos países más poblados del mundo, a pesar de las iniciativas para erradicar estas prácticas en ambos países.
+ La etapa media de la infancia
Una prioridad en la etapa media de la infancia y la adolescencia es la de asegurar el acceso y desarrollo completo a una educación primaria y secundaria de calidad. Salvo escasas excepciones, en su mayoría son las niñas quienes sufren las mayores desventajas educativas.
Educación primaria
De cada 100 niños sin escolarizar, hay 115 niñas en la misma situación.
Aunque la brecha de género se ha ido cerrando a un ritmo constante en las últimas décadas, aproximadamente 1 de cada 5 niñas que se matriculan en la escuela primaria no llegan a finalizarla.
A las niñas que no reciben una educación primaria se les está privando de la oportunidad de desarrollar toda su capacidad en cualquier aspecto de sus vidas. Las investigaciones muestran que las mujeres con estudios son menos propensas a morir de parto y más proclives a enviar a sus niños y niñas a la escuela. Está demostrado que el índice de mortalidad en los menores de cinco años disminuye a la mitad entre las madres con educación primaria.
Educación secundaria
Unas recientes estimaciones de UNICEF indican que el promedio de niñas que acuden a la escuela secundaria en los países en desarrollo es sólo del 43%. Hay múltiples razones para ello. Puede que, sencillamente, no exista ninguna escuela secundaria a la que las niñas puedan asistir, ya que muchos países en desarrollo y donantes se han esforzado tradicionalmente en ofrecer una educación primaria universal y no destinan fondos para aumentar la matriculación y asistencia en la educación secundaria. También existe la posibilidad de que los progenitores de una niña digan que no pueden permitirse el que su hija reciba una educación secundaria o adopten la postura de que el matrimonio debería ser el límite de las ambiciones de su hija.
La educación secundaria tiene múltiples beneficios para las mujeres, niñas y niños. Es muy eficaz para retrasar la edad del primer parto de una joven y aumentar su libertad de movimientos y la salud materna. También fortalece el poder de negociación de las mujeres en la familia y es un factor crucial a la hora de ofrecer a las mujeres oportunidades económicas y participación política.
+ Adolescencia
Entre las mayores amenazas para el desarrollo de un adolescente se encuentran el maltrato, la explotación y la violencia, y la falta de formación fundamental sobre la salud sexual y reproductiva, incluido el VIH/SIDA.
Mutilación/ablación genital de la mujer y la niña
La mutilación/ablación genital de la mujer y la niña supone la extirpación parcial o total, u otras lesiones, de los órganos genitales femeninos, pero no por razones médicas sino culturales. La práctica de la mutilación genital se produce principalmente en países de África subsahariana, Oriente Medio, África del Norte y algunas partes del Sudeste de Asia. Se calcula que, en la actualidad, entre las mujeres y niñas vivas hoy en día, más de 130 millones han sufrido mutilación genital. Esta práctica puede tener graves consecuencias para la salud, como problemas de cicatrización, una mayor propensión a infectarse con el VIH, complicaciones durante y después de los partos, enfermedades con procesos inflamatorios e incontinencia urinaria. Las hemorragias graves y las infecciones pueden provocar la muerte.
Matrimonio infantil y maternidad o paternidad prematuras
Se entiende por matrimonio infantil o prematuro aquellos matrimonios o uniones donde uno o ambos contrayentes son menores de 18 años. El 36% de las mujeres del mundo que tienen de 20 a 24 años se casaron o se unieron a sus parejas antes de cumplir los 18 años, sobre todo en el Asia meridional y África subsahariana. En las zonas donde se practica, el matrimonio infantil es una tradición tan arraigada que resulta casi imposible protestar contra ella. Los progenitores suelen permitir el matrimonio de sus hijos e hijas por necesidades económicas, o porque creen que, en el caso de las hijas, las protege de asaltos sexuales y embarazos fuera del matrimonio, aumenta sus años fértiles o les asegura la obediencia a sus maridos en el hogar.
El embarazo y maternidad prematuros son una inevitable consecuencia del matrimonio infantil. Alrededor de 14 millones de adolescentes entre 15 y 19 años dan a luz todos los años. Las niñas menores de 15 años tienen 5 veces más probabilidades de morir durante el embarazo que las mujeres mayores de 20 años. Si una madre tiene menos de 18 años, la probabilidad de que su bebé muera el primer año de vida es un 60% mayor que la de un recién nacido de una madre de 19 años. Incluso si el bebé sobrevive, existe una mayor posibilidad de que sufra de bajo peso al nacer, de desnutrición y de un retraso en el desarrollo físico y cognitivo.
Abuso sexual, explotación y trata
Cuanto más jóvenes son las jóvenes en su primera relación sexual, más probabilidades hay de que hayan sido forzadas a ella. Según un estudio de la Organización Mundial de la Salud, 150 millones de niñas y 73 millones de niños menores de 18 años sufrieron en 2002 relaciones sexuales forzosas u otras formas de violencia física y sexual. En algunos países, la inexistencia
de una edad mínima de consentimiento para las relaciones sexuales y el matrimonio expone a los niños y niñas a la violencia de su pareja.
Se calcula que 1,8 millones de niños y niñas están atrapados por el comercio sexual. A muchos se les fuerza a ello, bien porque sus paupérrimas familias los venden como esclavos, bien porque se les rapte para ser sometidos a la trata en burdeles, u otro tipo de explotación. Las niñas y niños sometidos a explotación en la industria comercial del sexo están sujetos al abandono, la violencia sexual y el maltrato físico y psicológico.
Salud sexual y reproductiva
Puesto que el sexo sin protección conlleva el riesgo de embarazo y de infecciones de transmisión sexual, incluida la del VIH, es muy importante para su seguridad que los jóvenes estén informados de la salud sexual y reproductiva.
Es obvio que sólo con la información no se puede proporcionar protección pero, desde luego, es un primer paso. Sin embargo, los adolescentes de todo el mundo siguen teniendo un conocimiento muy limitado de los asuntos de salud reproductiva y de los riesgos que corren.
VIH/SIDA
En 2005, casi la mitad de los 39 millones de personas que vivían con el VIH eran mujeres. En lugares del Caribe y África, las mujeres de edades comprendidas entre los 15 y los 24 años
son seis veces más propensas a infectarse que los jóvenes de su edad.
Las mujeres corren un riesgo mucho mayor que los hombres de contraer el VIH. Una de las principales explicaciones es fisiológica: las mujeres tienen por lo menos el doble de probabilidades que los hombres de infectarse con el VIH durante el acto sexual. El otro factor decisivo, y en gran medida reversible, es el social: la discriminación de género deniega a la mujer el poder de negociación necesario para reducir su riesgo de infección. La alta tasa de analfabetismo entre las mujeres impide que conozcan los riesgos de la infección por VIH y las posibles estrategias de protección. Un estudio realizado en 24 países de África subsahariana
revela que dos tercios o más de las jóvenes carecen de una información completa sobre la transmisión del VIH.
El dramático aumento de la infección entre las mujeres eleva el riesgo de infección entre los niños y niñas. Los bebés se infectan a través de la madre durante el embarazo, el parto o la lactancia.
En 2005, más de 2 millones de niños y niñas de 14 años o menos vivían con VIH.
+ Maternidad y edad madura
Cuando se combinan los efectos perniciosos de la pobreza y la desigualdad, los dos periodos clave en la vida de muchas mujeres son la maternidad y la edad madura.
Mortalidad derivada de la maternidad
Se calcula que más de medio millón de mujeres –una mujer por minuto, aproximadamente– mueren al año como resultado de las complicaciones durante el embarazo o el parto.
Aproximadamente el 99% de todas las muertes por causas derivadas de la maternidad se producen en los países en desarrollo, y más del 90% en África y Asia. En 2002, dos tercios de las muertes derivadas de la maternidad se produjeron en 13 de los países más pobres del mundo. Ese mismo año, ya sólo la mortalidad materna de la India representó la cuarta parte de toda la mortalidad materna mundial. Una de cada 16 mujeres de África subsahariana morirá como consecuencia del embarazo o el parto, mientras que en los países industrializados el porcentaje es de sólo 1 de cada 4.000.
Por otra parte, los recién nacidos que se quedan sin madre tienen de 3 a 10 veces más probabilidades de morir que los recién nacidos cuyas madres han sobrevivido al parto.
Muchas de las vidas de estas mujeres se podrían salvar si tuvieran acceso a una atención básica de la salud que incluya personal preparado en todos los partos y atención obstétrica de urgencia para mujeres que presenten complicaciones.
Las mujeres en la vejez
Las mujeres mayores suelen sufrir la doble discriminación de género y de edad. Las mujeres tienden a vivir más años que los hombres, carecen generalmente del control de los recursos económicos familiares y a veces tienen que afrontar la discriminación de las leyes de la herencia y de la propiedad.
Muchas mujeres mayores están sumidas en la pobreza en un momento de sus vidas en el que son muy vulnerables.
Sólo unos pocos países en desarrollo disponen de redes de seguridad para personas mayores en forma de pensiones no contributivas o sujetas a la verificación de recursos.
Las abuelas en particular poseen un gran conocimiento y experiencia de todo lo relacionado con la salud y el cuidado materno e infantil. En muchas familias, las abuelas son el principal apoyo para las madres y padres trabajadores en lo que al cuidado de los niños y niñas se refiere.
La experiencia ha mostrado que cuando los programas que tratan de beneficiar a los niños y las familias incluyen también a las mujeres mayores, esto repercute en el progreso de los derechos de la infancia.
Fuente: Discriminación de género a lo largo del ciclo vital, elaborado por UNICEF Estado Mundial de la Infancia 2007. La Mujer y la Infancia: El doble dividendo de la igualdad de género.
Enlace:
Más información UNICEF
Ilustración: Cuadro "Galatea de las esferas", 1952 de Salvador Dali

miércoles, 4 de abril de 2007

Cuerpo y Sexualidad en la Mujer Adulta Mayor

Referirse a la salud sexual y reproductiva de las mujeres adultas mayores implica “colocar sobre la mesa” el tema del cuerpo, de la sexualidad y de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres en procesos de envejecimiento. Del mismo modo que la menstruación agudiza las preocupaciones sociales, actitudes morales de las personas adultas y de las instituciones, la menopausia provoca un malestar social pero en el sentido contrario de la menarca, toda vez que es simbolizado como el momento de “la pérdida”.
¿Cómo construir la visión de que las mujeres que terminan sus posibilidades fisiológicas reproductivas (sin considerar las tecnologías reproductivas conceptivas) siguen teniendo sus posibilidades sexuales y de vida y por lo tanto necesitan gozar de buena salud sexual y de buena salud reproductiva?
Colocar esos temas sobre la mesa significa reflexionar sobre cómo las sociedades construyen el significado de la salud y de la enfermedad en su relación con la salud sexual y reproductiva. A juicio de Corrêa, los conceptos legitimados en las grandes conferencias internacionales del sistema de Naciones Unidas, en particular de Cairo, tales como el empoderamiento, la igualdad entre géneros, la salud sexual y reproductiva y los derechos sexuales y reproductivos deben ser leídos como expresión política de una agenda de transformación cultural, social y política.

Por lo tanto, la visión de la salud y de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres adultas mayores tiene sentido no sólo por lo que se pueda lograr en términos concretos de salud, sino también en tanto apunta que el bienestar que se puede lograr para ese grupo de la población está asociado a la construcción de una visión social que incluya los principios de “autonomía personal, integridad corporal, igualdad, diversidad25” a los cuales se podría agregar, en el caso de las mujeres adultas mayores, la dignidad y solidaridad.
Es preciso relativizar la visión de que se envejece de la misma manera con que se ha vivido. Esta visión, parcialmente correcta, no permite incluir a la totalidad de las experiencias humanas y además elimina las posibilidades de transformación que los adultos mayores pueden experimentar a lo largo de sus vidas. El hecho de que una mujer haya vivido, por ejemplo, en su vida conyugal una relación que no haya sido satisfactoria desde el punto de vista afectivo y sexual, no quiere decir que vaya a seguir siendo de esa manera durante toda su vida. Inclusive las características de las uniones sexuales pueden ser transformadas.

Ciertos datos demográfícos apuntan que con los procesos de envejecimiento, las oportunidades sexuales de las mujeres pueden incluso dirigirse hacia otras mujeres o hacia hombres más jóvenes en los procesos de construcción de relaciones, lo cual se torna más complejo en el escenario de matrimonios multirraciales, como es el caso en Brasil. De todas maneras, la mujer adulta mayor enfrenta normas culturales que hacen que los hombres se unan a mujeres que son más jóvenes, y las mujeres a los hombres de más edad.
En Brasil, las mujeres adultas mayores negras que compiten por conseguir pareja con las mujeres blancas y mestizas, se encuentran generalmente solas. Sin embargo, este hecho no elimina la posibilidad de que en su proceso de vida las mujeres puedan fortalecer procesos de transformación en busca de opciones de mayor diversidad y satisfacción. En el caso de las mujeres adultas mayores, no están presentes como desigualdades sociales las desigualdades de género o clase social, pero se entrecruzan las llamadas generacionales y de raza/etnia. La inclusión social exige una mirada constante a estas diferencias e interrelaciones.
Las definiciones de salud sexual y reproductiva fueron desarrolladas de manera estratégica para ampliar la agenda de las políticas de población más allá de la planificación familiar o de la reducción de la fecundidad. En realidad, en ciertos casos, pueden quedar debilitadas si se distancian de las perspectivas de los derechos. Estos derechos, en sí mismos presentan la
perspectiva de facilitar la toma de decisiones y la superación de necesidades. Indican el
reequilibrio de relaciones desiguales y un horizonte de justicia. La definición de la salud reproductiva adoptada en el Cairo habla de funciones y procesos asociados a todas las materias concernientes al sistema reproductivo.

En ese sentido podemos hablar de la salud reproductiva de las mujeres a cualquier edad, incluso si son mujeres de más de 80 años. Nos estaremos refiriendo a aspectos que no se limitan a los aspectos biomédicos o demográficos, sino que se extenderán a la salud reproductiva a partir de subjetividades, condiciones de vida en las sociedades y en términos de valores éticos. A partir de aquí es posible construir la mirada de la salud reproductiva de los varones y hombres no únicamente como colaboradores de las mujeres, sino también como sujetos de necesidades y derechos.
Por otro lado, la salud sexual, a pesar de que en el Cairo está asociada a la salud reproductiva, ha ganado su propia autonomía, especialmente por las exigencias que la propia epidemia de VIH/SIDA ha generado. La salud sexual está asociada a las condiciones de salud necesarias para vivir la sexualidad de una forma placentera, saludable y segura.
Los derechos sexuales y los derechos reproductivos también son un marco en esta área. En el caso de las mujeres adultas mayores adquieren mayor trascendencia justamente los derechos sexuales que los derechos reproductivos, entendidos como fuente y posibilidad de transformación. Los derechos sexuales están asociados fundamentalmente al ejercicio de la identificación personal de las propias necesidades y de la superación de las mismas, a través del ejercicio de la conciencia de ser portador/a de la posibilidad de acceder a algo.

En ese caso, acceder a la posibilidad de seguir viviendo de manera segura y placentera su propia sexualidad, con autonomía, integralidad, igualdad (entre todas las mujeres) y diversidad, además de dignidad y solidaridad.
El placer no puede ser vetado a las mujeres por causa de ciertas normas morales de las sociedades. Las decisiones acerca de con quién vivir las experiencias sexuales no pueden ser censuradas por las sociedades. Sin embargo, los últimos derechos también se aplican a las mujeres adultas mayores, especialmente si se considera que la definición de derechos reproductivos no está asociada al derecho individual de no tener hijos, pero si al derecho individual y social de tener acceso a cualquier evento de la vida reproductiva.
Puede tratarse de tener un hijo, pero también puede ser una infertilidad, se puede tratar de una cirugía de reversión de una esterilización, o bien podría ser el derecho a una inseminación artificial, entre otros. A pesar de no estar discutiendo el tema de la salud sexual y reproductiva de los hombres y sus derechos, se podría aplicar en ese momento, a titulo de ejercicio, el concepto de derechos reproductivos de los hombres, que siguen teniendo claramente la capacidad de tener hijos en la tercera edad.
La menopausia ocupa una posición de relevancia tanto individual y social como marco en ese proceso de envejecimiento de las mujeres y de sus consecuencias. Como escribe Figueroa “el tiempo ha puesto la marca sobre su cuerpo; todo lo que hizo se ha desvanecido, y ella misma desaparece del orden social porque es un sustrato mudo, no nombrado, y sólo hace cosas. Su cuerpo, dador de vidas, ahora marcado por la menopausia, representa la muerte, y ya no significa existencia; por lo tanto ya no hay deseo de utilizarla”.

El cuerpo, en ese sentido, puede pasar a ser visto como un cuerpo enfermo. Inician las tentativas de reorganización para la belleza, para la reconstrucción, el uso de las drogas antidepresivas y las hormonas para compensar los cambios. En ese proceso derivado de la valoración de los modelos biomédicos, las mujeres depositan mucha expectativa de recuperación a través de las medicinas.
La persistente asociación de la sexualidad con la reproducción ha determinado en las mujeres una construcción de salud también asociada con lo que seria la vigencia de la fertilidad. La otra, o la segunda, o la nueva revolución hormonal, como puede ser llamada la menopausia, está determinada por aspectos asociados a lo que es pérdida humana, a diferencia de lo que sucede con el tema de la menarca, la primera menstruación, que en general es el marco revelador de un inicio.

“Perder” la fertilidad y “perder” la sexualidad son aspectos expresados en el imaginario de las sociedades y asociados a la menopausia.
Evidentemente, éstos son patrones culturales que ya no son imperantes en todas las culturas con la misma intensidad. Pero mucho hay por hacer en el ámbito de la vida cotidiana. El término menopausia está repleto de valores y determina significados personales, sociales, políticos y económicos, creando una experiencia de desvalorización en las mujeres y en su
entorno, determinando definiciones, actitudes y valores en el campo de la conformación de las políticas y programas de salud y de la prestación de la atención en salud por los profesionales de este sector. Estos significados tienen que ser destruidos. Para pensar y formular políticas en salud sexual y reproductiva de las mujeres adultas mayores, la menopausia es “el marco”.
La situación de salud y enfermedad de las mujeres en proceso de envejecimiento (de 40 a 59
anos), de las mujeres adultas mayores (o de la tercera edad) y de las mujeres de 75 años o más, en la cuarta edad, traduce en parte las consecuencias de los contextos sociales, políticos y económicos en que viven las personas y de las decisiones individuales en que el proceso de envejecimiento se produce.

La ausencia de salud durante la tercera edad puede ser determinada por estilos de vida, sin embargo, también hay que considerar que las opciones individuales no ocurren aisladas de contextos que producen pobreza y vulnerabilidad, marcadas por la frágil presencia del Estado en la región, especialmente en el campo de la salud y el de la educación y por la incipiente aplicación del enfoque de género, raza/etnia en la implementación de las políticas de salud, en particular de salud sexual y reproductiva.
La salud de la mujer de mayor edad viene determinada por la salud que gozó en los primeros años de vida y por esta razón “es esencial considerar la salud de la mujer en proceso de envejecimiento desde una perspectiva que tome en cuenta su ciclo de vida”.

Si se tiene en cuenta que la salud es un proceso acumulativo en la vida, se reconoce automáticamente la importancia que para la mujer adulta mayor tienen el estilo de vida y el comportamiento previos. Por ejemplo, después de haberse nutrido inadecuada y/o insuficientemente, haber desempeñado arduo trabajo físico, haberse embarazado y haber abortado en varias ocasiones y haber tenido un acceso limitado a la atención a la salud, no sorprende que muchas mujeres “aborden su vejez en estados de enfermedad crónica”.
Además hay que considerar que las mujeres adultas mayores de la actualidad son mujeres que vivieron su vida fértil en torno a las décadas de 50-80 y vivieron en un período en el que la salud sexual y reproductiva y los derechos sexuales y reproductivos no influían tan claramente en la definición de políticas específicas de salud.
Si se compara su situación con la de los hombres adultos mayores, las mujeres adultas mayores son más susceptibles de tener estado civil de viudez y de depender económicamente de sus familias. Por otro lado, las mujeres adultas mayores también asumen en mayor medida que los hombres adultos mayores las responsabilidades de cuidar a familiares mayores que ellas, a sus maridos y a sus nietos.
Para indicar algunos aspectos a tenerse en cuenta en el análisis de la salud sexual y reproductiva de las mujeres de mayor edad, se presentan los siguientes factores:
Estilo de vida: la vida de la mujer desde su nacimiento, su dieta y nutrición, su peso, su nivel de actividad física y de estrés físico y emocional, su consumo de tabaco, alcohol o drogas.
Vida afectiva y sexual: sufrimientos físicos y emocionales procedentes de las diferentes experiencias afectivas con su sexualidad, desde la presencia o no de violencias sexuales cuando niña, la vivencia de la primera menstruación, matrimonio, maternidad, cuidado con los hijos y relaciones con la(s) pareja(s) en ese proceso.
Trabajo: aunque el trabajo remunerado de las mujeres puede concluir a la edad de 60-65 años, la gran mayoría de las mujeres trabajan hasta que mueren. Sin embargo, este hecho todavía no ha sido reconocido por el sector salud o en las estadísticas laborales. Las mujeres son mayormente responsables de las tareas domésticas en el hogar. Cada vez más las mujeres de mayor edad son los jefes de los hogares y se hacen cargo de la atención de la familia.
Responsabilidades de atención a la familia: este tema merece una mención especial porque es una parte significativa del trabajo doméstico invisible de las mujeres. El cuidado de la pareja enferma, de los niños y de los nietos es una tarea que a menudo cae en las mujeres de mayor edad, y que puede tener consecuencias graves en su salud física y psicológica.
Historia clínica y familiar: en las mujeres la historia familiar puede ser un factor de riesgo importante para ciertas enfermedades, como el cáncer de mama. El conocimiento de la historia familiar de la mujer es esencial tanto para ella misma como para los profesionales de la salud que la atienden. Al evaluar el perfil de salud de la mujer, se debe tomar en cuenta su historia clínica (enfermedades y lesiones de su infancia, el uso de diferentes medicamentos, su salud reproductiva, su exposición a la violencia, intervenciones quirúrgicas, etc.), que afectará su salud a medida que envejece y debe tomarse en cuenta al evaluar su perfil de salud.
Salud fisiológica: las mujeres deben ser conscientes de su estado de salud: su estructura y densidad ósea; la condición de sus articulaciones; su salud endocrina; estado del corazón y de los pulmones; su presión arterial, nivel de colesterol, etc. para determinar los riesgos a los que podría estar expuesta y cómo reducirlos.
Estado socioeconómico: esta categoría incluye una gama amplia de temas, desde el nivel de ingreso de la mujer durante el ciclo de vida y su grupo étnico hasta el lugar que ocupa en la comunidad. El valor que las comunidades atribuyen a las desigualdades creadas por las jerarquías concomitantes de género y a la raza repercuten claramente en la salud y calidad de vida de la mujer. Obviamente, el nivel de ingreso es un factor determinante de la salud, particularmente entre las mujeres de mayor edad que, una vez jubiladas, a menudo dependen de la seguridad social, de sus ahorros o de otros miembros de la familia (quienes pueden ser pobres también).
Protección social: el trabajo de las mujeres en los países en desarrollo está concentrado en los sectores informal, agropecuario y de servicios. Tienen menos acceso a la protección social, como por ejemplo al seguro de salud, lo que repercute negativamente en el ciclo de la vida de la mujer y afecta seriamente su salud en la vejez.
Estado civil: la soltería es una realidad creciente para muchas mujeres de mayor edad: viudas, divorciadas, abandonadas o nunca casadas. Los efectos sobre la salud de estos estados civiles son a menudo difíciles de cuantificar pero pueden incluir la falta de recursos para los servicios de salud, depresión, falta de movilidad y pobreza”.
Fuente: Salud Sexual y Reproductiva de la Mujer Adulta Mayor: un campo por explorar y evidenciar - Versión Final equipo de Apoyo Técnico para Latinoamérica y el Caribe autores Margareth Arilha, Ralph Hakkert, Nieves Andino, Aida Diaz Tender, Daniel Leonard. UNFPA, Abril 2003.

Ilustración: Cuadro "Rosita Morillo", 1944 de Frida Khalo

viernes, 16 de marzo de 2007

La Sexualidad en el Adolescente, el Adulto y el Adulto-Mayor

SEXUALIDAD EN EL ADOLESCENTE
Según McDermott et al. (1983), la adolescencia es sólo un estado en el ciclo de vida humano, pero que debe ser visto como una transición entre la infancia y la vida adulta. El concepto convencional del período de la adolescencia está caracterizado por descripciones tales como periodo caótico, desconcertante, abrumador, agresivo, impredecible y casi imposible de comprender y conocerlo (Tirado, 1985).

El evento más importante en la adolescencia es el desarrollo psicosexual y las consecuencias del mismo parecen ser lo que produce el caos en la comprensión del adolescente. Presenta cambios corporales dramáticos y de rápida evolución a los cuales tiene que adaptarse, además de mantener en equilibrio sus necesidades internas. Tales signos de crecimiento no deben ignorarse ya que en cierto sentido se advierten en símbolos de feminidad o virilidad (Tirado, 1985). Según Calderone (1983), se considera conveniente mantener al adolescente bien informado sobre el cuerpo, la mente y la sexualidad humana; así como también, la adaptación de su sexualidad y la relación de ésta con la intimidad. Todo lo dicho hará posible la prevención de los problemas sexuales.
Smith y Udry (1985) realizaron un estudio en adolescentes varones y hembras entre 12y 15 años, blancos y negros, estudiantes de secundaria en una ciudad del sur de Estados Unidos, previa autorización de los padres, con la intención de determinar conductas sexuales fisiológicas coitales y no coitales, en relación con el inicio de su vida sexual. El propósito fundamental de dicha investigación fue entender la secuencia de la conducta sexual en los adolescentes y determinar si la actividad no coital puede predecir el contacto sexual en las jóvenes vírgenes.
Smith y Udry (1985) refieren que la literatura por ellos revisada, sobre la conducta sexual de jóvenes blancos, sugiere que la secuencia de la conducta heterosexual es progresiva desde caricias hasta llegar al intercambio sexual. En cambio, la información sobre jóvenes de color es escasa pero indica que la secuencia no es rígida y que es poco usual la utilización de caricias si no se llega al intercambio sexual, por lo que se ha observado, sobre todo en los
varones, que llegar a la relación sexual es un objetivo mayor que cualquier otro, sin tomar en cuenta la aceptación de la compañera, lo cual va acompañado de la falta de virginidad en las jóvenes. Smith y Udry (1985) llegan a la conclusión que en los adolescentes blancos y negros existe una diferencia en cuanto a la normativa, es decir, en los blancos la expectativa sobre las conductas precoitales es mayor que en los negros y constituye un período preparatorio antes de su primer encuentro sexual, el cual puede alternarse con períodos de abstinencia. Este período es conveniente para prepararse en el uso de los anticonceptivos; sin embargo, los adolescentes de color, en general, no se ajustan a este proceso y tienen menos oportunidad de desarrollo. En los adolescentes negros parece que la expectativa termina en un coito precipitado, lo que indica, según los autores, que estas conductas tienen una influencia
étnica y social importante en los jóvenes estudiados.
SEXUALIDAD EN EL ADULTO
En la primera mitad de la vida del adulto, el nivel de actividad sexual es estable por un largo período. Esta capacidad se da con una pareja aceptada y con buen estado de salud.

No hay edad específica para que una persona sana deba suspender su actividad sexual, la cual puede continuar bien hacia los 70,80 ó 90 años. El nivel de actividad sexual en el adulto joven es importante, ya que cuando comienza temprano persiste hasta mayor edad. El pico de la capacidad sexual en la mujer es hacia los 30 años, cuando está en máxima capacidad reproductiva y en estas circunstancias el deseo es mutuo. En la edad media de la vida, la
mujer responde más que el hombre, ya que hacia los cincuenta años éstos notan una disminución de la intensidad y una lentitud natural de la respuesta sexual.

Las mujeres se ven menos susceptibles a la pérdida de la función sexual con la edad, ya que no hay pruebas de que la menopausia resulte en pérdida del deseo sexual; al contrario, para algunas produce aumento del mismo. Para los hombres de edad la función sexual está influenciada por la salud, experiencias sexuales pasadas, grandes satisfacciones vitales, capacidad para adaptarse, clase social y nivel educacional. En la mujer tiene mucha importancia el estado marital, así como también el estado psíquico y emocional de su pareja y las creencias religiosas. Si en una mujer disminuye el interés sexual, es más por las circunstancias que por la pérdida de la capacidad, lo cual puede verse en las mujeres liberadas, las cuales son más asertivas que las de su misma edad (Labby, 1985).
Kirkpatrick (1984), considera que la experiencia sexual de la mujer depende de una serie de factores y sugiere que los mismos deberían ser analizados de manera amplia e independiente. Se refiere este autor, a la necesidad de revisar la respuesta sexual de la mujer en grupos particulares, tales como mujeres afroamericanas o indoamericanas, en mujeres de edad media y en mujeres de edad avanzada. Así mismo, considera importante revisar la victimización de la mujer en casos como el incesto, prostitución, embarazos en la adolescencia, enfermedades venéreas, matrimonios forzados, aculturización y sus consecuencias en la sexualidad femenina. Sin embargo, en relación con investigaciones realizadas sobre la posible asociación de la educación sexual en colegios públicos para adolescentes y el inicio temprano del intercambio sexual, Furstenberg et al. (1985) concluyen que la misma no es definitiva, ya que depende de muchas otras causas, como son la información familiar, las costumbres, el uso temprano de anovulatorios orales, etc., (Shen, 1982; Kornsfield, 1985).
En cuanto a las preferencias sexuales del adulto, Bell et al. (1982), encontraron que las conductas seductoras, restrictivas o negativas de las madres, no influyen en la preferencia homosexual de los hijos; sin embargo, las buenas relaciones interpersonales con el padre favorecen la preferencia heterosexual y las malas relaciones con ellos tienen como consecuencia, generalmente, la preferencia homosexual en los hombres. El sentimiento de conformidad con su propio género durante la infancia es importante en la predicción de la preferencia sexual en el adulto. En el caso de las mujeres, se describe como importante
las buenas relaciones interpersonales con sus madres. Por otra parte, los mismos autores
(Belí et al. 1982) han encontrado que un alto porcentaje de mujeres homosexuales manifiestan malas o pobres relaciones interpersonales con el padre.
SEXUALIDAD EN EL HOMBRE DE EDAD O ADULTO MAYOR
En condiciones fisiológicas, la motivación sexual persiste hasta la edad de los 70 a 80 años, según Freeman, 1961 (citado por Labby, 1985). Otros dicen que los hombres de edad reportan gran interés sexual y mayor actividad sexual que la mujer de edad, aunque en ambos declina el interés al avanzar la edad (Labby, 1985). En el 80% de los hombres mayores persiste el interés sexual cuando tienen buena salud, en una proporción de dos por cada tres hombres a los 60 años y uno por cada cinco, a los 80 años; en el caso de las mujeres, una de cada tres, a los 60 años (Labby, 1985).
(Fuente: Sexualidad humana y causas de disfunciones sexuales autor Mirna Pérez Feo publicado en Med-ULA, Revista de la Facultad de Medicina, Universidad de los Andes. Vol 1 Nº 3. Sección de Investigaciones Psiquiátricas. Unidad de Psiquiatría. Facultad de Medicina Universidad de Los Andes. Mérida - Venezuela)

(Imagen: Cuadro "Hipomenes y Atalanta", 1612 de Guido Reni)
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