miércoles, 4 de abril de 2007

Cuerpo y Sexualidad en la Mujer Adulta Mayor

Referirse a la salud sexual y reproductiva de las mujeres adultas mayores implica “colocar sobre la mesa” el tema del cuerpo, de la sexualidad y de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres en procesos de envejecimiento. Del mismo modo que la menstruación agudiza las preocupaciones sociales, actitudes morales de las personas adultas y de las instituciones, la menopausia provoca un malestar social pero en el sentido contrario de la menarca, toda vez que es simbolizado como el momento de “la pérdida”.
¿Cómo construir la visión de que las mujeres que terminan sus posibilidades fisiológicas reproductivas (sin considerar las tecnologías reproductivas conceptivas) siguen teniendo sus posibilidades sexuales y de vida y por lo tanto necesitan gozar de buena salud sexual y de buena salud reproductiva?
Colocar esos temas sobre la mesa significa reflexionar sobre cómo las sociedades construyen el significado de la salud y de la enfermedad en su relación con la salud sexual y reproductiva. A juicio de Corrêa, los conceptos legitimados en las grandes conferencias internacionales del sistema de Naciones Unidas, en particular de Cairo, tales como el empoderamiento, la igualdad entre géneros, la salud sexual y reproductiva y los derechos sexuales y reproductivos deben ser leídos como expresión política de una agenda de transformación cultural, social y política.

Por lo tanto, la visión de la salud y de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres adultas mayores tiene sentido no sólo por lo que se pueda lograr en términos concretos de salud, sino también en tanto apunta que el bienestar que se puede lograr para ese grupo de la población está asociado a la construcción de una visión social que incluya los principios de “autonomía personal, integridad corporal, igualdad, diversidad25” a los cuales se podría agregar, en el caso de las mujeres adultas mayores, la dignidad y solidaridad.
Es preciso relativizar la visión de que se envejece de la misma manera con que se ha vivido. Esta visión, parcialmente correcta, no permite incluir a la totalidad de las experiencias humanas y además elimina las posibilidades de transformación que los adultos mayores pueden experimentar a lo largo de sus vidas. El hecho de que una mujer haya vivido, por ejemplo, en su vida conyugal una relación que no haya sido satisfactoria desde el punto de vista afectivo y sexual, no quiere decir que vaya a seguir siendo de esa manera durante toda su vida. Inclusive las características de las uniones sexuales pueden ser transformadas.

Ciertos datos demográfícos apuntan que con los procesos de envejecimiento, las oportunidades sexuales de las mujeres pueden incluso dirigirse hacia otras mujeres o hacia hombres más jóvenes en los procesos de construcción de relaciones, lo cual se torna más complejo en el escenario de matrimonios multirraciales, como es el caso en Brasil. De todas maneras, la mujer adulta mayor enfrenta normas culturales que hacen que los hombres se unan a mujeres que son más jóvenes, y las mujeres a los hombres de más edad.
En Brasil, las mujeres adultas mayores negras que compiten por conseguir pareja con las mujeres blancas y mestizas, se encuentran generalmente solas. Sin embargo, este hecho no elimina la posibilidad de que en su proceso de vida las mujeres puedan fortalecer procesos de transformación en busca de opciones de mayor diversidad y satisfacción. En el caso de las mujeres adultas mayores, no están presentes como desigualdades sociales las desigualdades de género o clase social, pero se entrecruzan las llamadas generacionales y de raza/etnia. La inclusión social exige una mirada constante a estas diferencias e interrelaciones.
Las definiciones de salud sexual y reproductiva fueron desarrolladas de manera estratégica para ampliar la agenda de las políticas de población más allá de la planificación familiar o de la reducción de la fecundidad. En realidad, en ciertos casos, pueden quedar debilitadas si se distancian de las perspectivas de los derechos. Estos derechos, en sí mismos presentan la
perspectiva de facilitar la toma de decisiones y la superación de necesidades. Indican el
reequilibrio de relaciones desiguales y un horizonte de justicia. La definición de la salud reproductiva adoptada en el Cairo habla de funciones y procesos asociados a todas las materias concernientes al sistema reproductivo.

En ese sentido podemos hablar de la salud reproductiva de las mujeres a cualquier edad, incluso si son mujeres de más de 80 años. Nos estaremos refiriendo a aspectos que no se limitan a los aspectos biomédicos o demográficos, sino que se extenderán a la salud reproductiva a partir de subjetividades, condiciones de vida en las sociedades y en términos de valores éticos. A partir de aquí es posible construir la mirada de la salud reproductiva de los varones y hombres no únicamente como colaboradores de las mujeres, sino también como sujetos de necesidades y derechos.
Por otro lado, la salud sexual, a pesar de que en el Cairo está asociada a la salud reproductiva, ha ganado su propia autonomía, especialmente por las exigencias que la propia epidemia de VIH/SIDA ha generado. La salud sexual está asociada a las condiciones de salud necesarias para vivir la sexualidad de una forma placentera, saludable y segura.
Los derechos sexuales y los derechos reproductivos también son un marco en esta área. En el caso de las mujeres adultas mayores adquieren mayor trascendencia justamente los derechos sexuales que los derechos reproductivos, entendidos como fuente y posibilidad de transformación. Los derechos sexuales están asociados fundamentalmente al ejercicio de la identificación personal de las propias necesidades y de la superación de las mismas, a través del ejercicio de la conciencia de ser portador/a de la posibilidad de acceder a algo.

En ese caso, acceder a la posibilidad de seguir viviendo de manera segura y placentera su propia sexualidad, con autonomía, integralidad, igualdad (entre todas las mujeres) y diversidad, además de dignidad y solidaridad.
El placer no puede ser vetado a las mujeres por causa de ciertas normas morales de las sociedades. Las decisiones acerca de con quién vivir las experiencias sexuales no pueden ser censuradas por las sociedades. Sin embargo, los últimos derechos también se aplican a las mujeres adultas mayores, especialmente si se considera que la definición de derechos reproductivos no está asociada al derecho individual de no tener hijos, pero si al derecho individual y social de tener acceso a cualquier evento de la vida reproductiva.
Puede tratarse de tener un hijo, pero también puede ser una infertilidad, se puede tratar de una cirugía de reversión de una esterilización, o bien podría ser el derecho a una inseminación artificial, entre otros. A pesar de no estar discutiendo el tema de la salud sexual y reproductiva de los hombres y sus derechos, se podría aplicar en ese momento, a titulo de ejercicio, el concepto de derechos reproductivos de los hombres, que siguen teniendo claramente la capacidad de tener hijos en la tercera edad.
La menopausia ocupa una posición de relevancia tanto individual y social como marco en ese proceso de envejecimiento de las mujeres y de sus consecuencias. Como escribe Figueroa “el tiempo ha puesto la marca sobre su cuerpo; todo lo que hizo se ha desvanecido, y ella misma desaparece del orden social porque es un sustrato mudo, no nombrado, y sólo hace cosas. Su cuerpo, dador de vidas, ahora marcado por la menopausia, representa la muerte, y ya no significa existencia; por lo tanto ya no hay deseo de utilizarla”.

El cuerpo, en ese sentido, puede pasar a ser visto como un cuerpo enfermo. Inician las tentativas de reorganización para la belleza, para la reconstrucción, el uso de las drogas antidepresivas y las hormonas para compensar los cambios. En ese proceso derivado de la valoración de los modelos biomédicos, las mujeres depositan mucha expectativa de recuperación a través de las medicinas.
La persistente asociación de la sexualidad con la reproducción ha determinado en las mujeres una construcción de salud también asociada con lo que seria la vigencia de la fertilidad. La otra, o la segunda, o la nueva revolución hormonal, como puede ser llamada la menopausia, está determinada por aspectos asociados a lo que es pérdida humana, a diferencia de lo que sucede con el tema de la menarca, la primera menstruación, que en general es el marco revelador de un inicio.

“Perder” la fertilidad y “perder” la sexualidad son aspectos expresados en el imaginario de las sociedades y asociados a la menopausia.
Evidentemente, éstos son patrones culturales que ya no son imperantes en todas las culturas con la misma intensidad. Pero mucho hay por hacer en el ámbito de la vida cotidiana. El término menopausia está repleto de valores y determina significados personales, sociales, políticos y económicos, creando una experiencia de desvalorización en las mujeres y en su
entorno, determinando definiciones, actitudes y valores en el campo de la conformación de las políticas y programas de salud y de la prestación de la atención en salud por los profesionales de este sector. Estos significados tienen que ser destruidos. Para pensar y formular políticas en salud sexual y reproductiva de las mujeres adultas mayores, la menopausia es “el marco”.
La situación de salud y enfermedad de las mujeres en proceso de envejecimiento (de 40 a 59
anos), de las mujeres adultas mayores (o de la tercera edad) y de las mujeres de 75 años o más, en la cuarta edad, traduce en parte las consecuencias de los contextos sociales, políticos y económicos en que viven las personas y de las decisiones individuales en que el proceso de envejecimiento se produce.

La ausencia de salud durante la tercera edad puede ser determinada por estilos de vida, sin embargo, también hay que considerar que las opciones individuales no ocurren aisladas de contextos que producen pobreza y vulnerabilidad, marcadas por la frágil presencia del Estado en la región, especialmente en el campo de la salud y el de la educación y por la incipiente aplicación del enfoque de género, raza/etnia en la implementación de las políticas de salud, en particular de salud sexual y reproductiva.
La salud de la mujer de mayor edad viene determinada por la salud que gozó en los primeros años de vida y por esta razón “es esencial considerar la salud de la mujer en proceso de envejecimiento desde una perspectiva que tome en cuenta su ciclo de vida”.

Si se tiene en cuenta que la salud es un proceso acumulativo en la vida, se reconoce automáticamente la importancia que para la mujer adulta mayor tienen el estilo de vida y el comportamiento previos. Por ejemplo, después de haberse nutrido inadecuada y/o insuficientemente, haber desempeñado arduo trabajo físico, haberse embarazado y haber abortado en varias ocasiones y haber tenido un acceso limitado a la atención a la salud, no sorprende que muchas mujeres “aborden su vejez en estados de enfermedad crónica”.
Además hay que considerar que las mujeres adultas mayores de la actualidad son mujeres que vivieron su vida fértil en torno a las décadas de 50-80 y vivieron en un período en el que la salud sexual y reproductiva y los derechos sexuales y reproductivos no influían tan claramente en la definición de políticas específicas de salud.
Si se compara su situación con la de los hombres adultos mayores, las mujeres adultas mayores son más susceptibles de tener estado civil de viudez y de depender económicamente de sus familias. Por otro lado, las mujeres adultas mayores también asumen en mayor medida que los hombres adultos mayores las responsabilidades de cuidar a familiares mayores que ellas, a sus maridos y a sus nietos.
Para indicar algunos aspectos a tenerse en cuenta en el análisis de la salud sexual y reproductiva de las mujeres de mayor edad, se presentan los siguientes factores:
Estilo de vida: la vida de la mujer desde su nacimiento, su dieta y nutrición, su peso, su nivel de actividad física y de estrés físico y emocional, su consumo de tabaco, alcohol o drogas.
Vida afectiva y sexual: sufrimientos físicos y emocionales procedentes de las diferentes experiencias afectivas con su sexualidad, desde la presencia o no de violencias sexuales cuando niña, la vivencia de la primera menstruación, matrimonio, maternidad, cuidado con los hijos y relaciones con la(s) pareja(s) en ese proceso.
Trabajo: aunque el trabajo remunerado de las mujeres puede concluir a la edad de 60-65 años, la gran mayoría de las mujeres trabajan hasta que mueren. Sin embargo, este hecho todavía no ha sido reconocido por el sector salud o en las estadísticas laborales. Las mujeres son mayormente responsables de las tareas domésticas en el hogar. Cada vez más las mujeres de mayor edad son los jefes de los hogares y se hacen cargo de la atención de la familia.
Responsabilidades de atención a la familia: este tema merece una mención especial porque es una parte significativa del trabajo doméstico invisible de las mujeres. El cuidado de la pareja enferma, de los niños y de los nietos es una tarea que a menudo cae en las mujeres de mayor edad, y que puede tener consecuencias graves en su salud física y psicológica.
Historia clínica y familiar: en las mujeres la historia familiar puede ser un factor de riesgo importante para ciertas enfermedades, como el cáncer de mama. El conocimiento de la historia familiar de la mujer es esencial tanto para ella misma como para los profesionales de la salud que la atienden. Al evaluar el perfil de salud de la mujer, se debe tomar en cuenta su historia clínica (enfermedades y lesiones de su infancia, el uso de diferentes medicamentos, su salud reproductiva, su exposición a la violencia, intervenciones quirúrgicas, etc.), que afectará su salud a medida que envejece y debe tomarse en cuenta al evaluar su perfil de salud.
Salud fisiológica: las mujeres deben ser conscientes de su estado de salud: su estructura y densidad ósea; la condición de sus articulaciones; su salud endocrina; estado del corazón y de los pulmones; su presión arterial, nivel de colesterol, etc. para determinar los riesgos a los que podría estar expuesta y cómo reducirlos.
Estado socioeconómico: esta categoría incluye una gama amplia de temas, desde el nivel de ingreso de la mujer durante el ciclo de vida y su grupo étnico hasta el lugar que ocupa en la comunidad. El valor que las comunidades atribuyen a las desigualdades creadas por las jerarquías concomitantes de género y a la raza repercuten claramente en la salud y calidad de vida de la mujer. Obviamente, el nivel de ingreso es un factor determinante de la salud, particularmente entre las mujeres de mayor edad que, una vez jubiladas, a menudo dependen de la seguridad social, de sus ahorros o de otros miembros de la familia (quienes pueden ser pobres también).
Protección social: el trabajo de las mujeres en los países en desarrollo está concentrado en los sectores informal, agropecuario y de servicios. Tienen menos acceso a la protección social, como por ejemplo al seguro de salud, lo que repercute negativamente en el ciclo de la vida de la mujer y afecta seriamente su salud en la vejez.
Estado civil: la soltería es una realidad creciente para muchas mujeres de mayor edad: viudas, divorciadas, abandonadas o nunca casadas. Los efectos sobre la salud de estos estados civiles son a menudo difíciles de cuantificar pero pueden incluir la falta de recursos para los servicios de salud, depresión, falta de movilidad y pobreza”.
Fuente: Salud Sexual y Reproductiva de la Mujer Adulta Mayor: un campo por explorar y evidenciar - Versión Final equipo de Apoyo Técnico para Latinoamérica y el Caribe autores Margareth Arilha, Ralph Hakkert, Nieves Andino, Aida Diaz Tender, Daniel Leonard. UNFPA, Abril 2003.

Ilustración: Cuadro "Rosita Morillo", 1944 de Frida Khalo